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domingo, 31 de agosto de 2014

La retórica "neocon" española (arqueología mediática):

 
El filósofo Gabriel Albiac (Fuente: Jot Down Cultural Magazine)


En 1997, publicaba El País una editorial titulada “Franquismo redivivo”: una crítica furibunda al programa de debate que tuvo lugar en TVE, bajo la dirección de Luis Herrero, aquella semana. El programa se tituló “Qué queda del franquismo” y dió mucho que hablar.

El 13 de noviembre de 1997, participaron en la televisión pública los franquistas Gonzalo Fernández de la Mora (ministro de Obras Públicas e ideólogo de la dictadura) y Ricardo de la Cierva (historiador del régimen, hagiógrafo del caudillo y ministro de UCD en la transición, del que ya hablamos en este blog). Por parte del antifranquismo participaron el abogado y activista republicano Antonio García Trevijano, el filósofo Gabriel Albiac y el historiador Juan Pablo Fusi.

Después de todo lo que ha llovido, el digno alegato de Gabriel Albiac sigue siendo, quizá, el más importante de un debate que comienza cargado de un falso objetivismo “políticamente correcto” sobre la naturaleza de la dictadura franquista, su ilegitimidad de origen (el golpe del 18 de julio). 

Por sorprendente que pueda parecer, es el filósofo Albiac y no el historiador Fusi quien recuerda a los franquistas (Fernández de la Mora y La Cierva) la durísima represión de posguerra librada por el bando franquista (que hoy se cifra en torno a 50.000 personas), pero que De la Cierva, rebaja, apoyándose en la clásica “excusa” de las cifras “exactas” de Salas Larrazábal, dejándola en 20.000 personas e indicando (ya que el Pisuerga pasa por Valladolid), que “no sabemos cuantas hubiera cometido el bando republicano si hubiera ganado” (un guiño a la ucronía que tanto gusta a los revisionistas).

También nos recuerda Albiac, en un estilo tan digno como hoy es imposible encontrar tras su deriva ideológica de los últimos años, que el régimen no se sustentó en la coherencia de discurso político o en la activación de una militancia del estilo fascista europeo, sino que buscó, antes, la sumisión, la desmovilización y la despolitización. Una rémora que hemos sufrido hasta fechas muy recientes, y que se ha visto cortada con los profundos efectos sociales de la crisis económica internacional iniciada en 2008.

La revisión política de la Transición española está hoy más viva que nunca, y la reforma de la Constitución Española de 1978 está en boca de todos. Es interesante comprobar las confluencias retóricas entre dos sectores ideológicos tan dispares, allá por 1997: como son, por un lado los “regeneracionistas” de izquierdas (en la línea crítica de Vicenç Navarro o Josep Fontana) expresados políticamente en IU-PODEMOS-EQUO (además de medios de comunicación como ElDiario o Público) y por otro lado el rechazo neoconservador a la continuidad institucional (más retórico y aparente) presentes en Libertad Digital, ABC, Periodista Digital, 13TV, Intereconomía, y otros medios.

Y hablamos de discurso aparente y retórico en el caso neoconservador porque la reciente sucesión de Felipe VI muestra esa evidencia: lo pudimos ver en sus apoyos editoriales o al menos en su silencio culpable frente la denuncia de un régimen que, una vez más, escatima capacidad de decisión a los ciudadanos. “De la ley a la ley”, en cualquier caso. El apoyo de UPyD a la ley de sucesión, o las inequívocas declaraciones de los fundadores de ese enorme fracaso electoral llamado VOX, a favor de la corona, demuestran lo vacío en cuanto al contenido de esas aparentes críticas al régimen del 78. 

La de este pequeño espectro integrado en la conservaduría española, es una retórica que a veces alcanza un tono casi apocalíptico, por la dureza de su crítica al pasado, que puede llevar a la confusión del oyente poco avezado en estos terrenos. El debate televisivo es digno de ser visto, con una función pedagógica, y con cautelas, para comprender mejor las ambivalentes y confusas posiciones políticas del un nuevo espectro ideológico conservador de la sociedad española, minoritario, que viene construyéndose desde el desmantelamiento de la URSS. No en vano, léan también la siguiente cita de un artículo de Gabriel Albiac, escrito al calor de la caída del régimen de Nicolae Ceaucescu en Rumanía.


Adiós (Gabriel Albiac, El Mundo, 28 dic 1989)

He malgastado mi vida. Es lo único que me queda decentemente por escribir, ante las fotos de las fosas comunes de Timisoara.

Sé que sería sencillo hacer un quiebro. Decir que nada tiene que ver esa monstruosidad con el sueño de una sociedad libre de hombres iguales, por la que aposté, a todo o nada, hace ya mucho más tiempo del que sería preciso para pretender ser hoy recuperable. Pero no es hora de andar jugando con las palabras y las cosas. Como comunista he sido responsable también de eso. Y basta.

Sólo me queda, pues, decir adiós. A todo. La sociedad capitalista está podrida. Me reafirmo en ello, con la fuerza de una certeza absoluta. Que quede claro: rezuma miseria y desolación —material y simbólica— por cada resquicio dé sus escaparates deslumbrantes. El socialismo —quede igualmente claro— no ha sido más que un inmenso campo de concentración y tortura. Y quienes, designando con justeza lo primero, hicimos, de la lucha comunista nuestra razón de sobrevivir en el sinsentido diario, hemos sido los cómplices —inconscientes, penosos, lamentables, ridículos, todo lo que se quiera, pero cómplices— de lo segundo. Sin nuestro sofisticado aparato discursivo, hecho de distinciones sutiles entre socialismos reales y teóricos, tal vez hubiera sido más fácil designar lo evidente. Aún en el “Infierno” de Dante hay círculos graduales: el nuestro, visto desde el suyo, era casi un paraíso.

Me avergüenzo de haber pendido el tiempo, hablando y escribiendo de inteligentes tonterías que ocultaban cómo otros sufrían y morían en silencio. Se, así, que no soy mejor que ese dirigente del PCE que, hace apenas una semana, se negaba a que pudiera usante para el camarada Ceaucescu el calificativo, demasiado duro en su opinión, de «déspota». Yo, que he usado siempre calificativos bastante más brutales para él y para los de su ralea, he querido empeñarme, sin embargo, en hacer el elogio de una revolución imposible que no era —por muy paradójico que resulte— sino la coartada de sus matanzas.

No soy mejor que Ignacio Gallego, pues. Ni mejor que la disciplinada representante del PCE que, en el último Congreso del PC Rumano, hace un mes, ovacionó al Conducator «por respeto» —dice ahora— «al pueblo de Rumania». Todos somos tan culpables como ellos. Como los que se beneficiaron de las residencias para miembros de la nomenklatura al borde del Mar Negro, como los que fueron parte del círculo íntimo de los Ceaucescu y ahora callan como tumbas, como los que hoy aún tienen la desvergüenza de seguir haciendo uso institucional de ese adjetivo «comunista» que recibieron de la Komintem primero, ratificaron luego por la Kominform (...)

Dan ganas de no volver a escribir jamás una sola línea política.


1ª parte de El Debate (TVE1, 1997):  


2ª parte: 


3ª parte: 


4ª parte (final):  


1 comentario:

  1. Acabo de encontrarme con su blog. Yo ví este programa hace muchos años, Trebaruna. Le agradezco que lo rescate. Me gustaría que escribiera sobre la ideología de Trevijano, al que hace años que sigo.

    Un abrazo cordial.

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