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sábado, 30 de agosto de 2014

El fenómeno revisionista en España: en torno a Pío Moa (VI)

Bombardeo de Lérida por el bando sublevado en 1937.


La «Causa General» y el «terror rojo» durante la guerra.

La «Causa General» fue una temprana iniciativa publicística y pseudo-jurídica del general Franco, decretada por el Ministerio de Justicia el 26 de abril de 1940. Fue un gran sumario abierto por los vencedores para informar de los «hechos delictivos y otros aspectos de la vida en zona roja desde el 18 de julio de 1986 hasta la liberación», siendo un importante proyecto de legitimación franquista tras la guerra.

Una primera edición preliminar incompleta fue publicada en 1943 y supuso un frustrado intento publicitario cuyos resultados finales no serían jamás publicados, por lo exiguo de sus resultados. Actualmente constituye una fuente secundaria importante, pese a su enorme sesgo (era habitual sumar a una misma víctima en varias localizaciones a la vez, como se ha demostrado). Ha sido revisada y criticada por Francisco Espinosa Maestre, Santos Juliá y otros historiadores[1]. 


El bando sublevado fue consciente de la imposibilidad de defender las enormes cifras que difundían para denunciar el conocido como «terror rojo», que pasaba de los 600.000 asesinados (que defendía Manuel Burgos Mazo), pasando por los 470.000 que defendió Francisco Franco en 1937, hasta los resultados defendidos finalmente por el régimen franquista: 85.940 asesinatos del bando rojo (comunicados en 1942 al Ministerio de Justicia).

Los trabajos de Juliá y Espinosa antes referidos demostraron que la cifra de la violencia política en la zona republicana se sitúa en torno a las 40.000 personas[2]. Moa no sólo ha desdeñado las cifras de esta Causa General sino que (como vamos a comprobar) las magnifica aún más en sus libros de propaganda, compartiendo el espíritu publicístico y carente de toda base empírica del primer periodo franquista.



15 de agosto de 1936: toma de Badajoz por las tropas sublevadas narrada por Mario Neves.

En torno a la matanza de Badajoz: negación y ocultación de la represión sistemática.

El negacionismo de Pío Moa procede de forma elemental e inconfundible: trata de diluir sistemáticamente la dimensión, importancia e incluso la naturaleza de la represión practicada por el bando sublevado. Esta represión, que fue significativamente violenta en el verano y otoño de 1936 (descendió hacia mediados de 1937, tal y como observa el historiador Francisco Esinosa), es sistemáticamente silenciada empleando un elaborado discurso ecuánime de citas exactas, al tiempo que deforma la naturaleza de la violencia en el bando «rojo»

Se practican omisiones de testimonios (deliberadas por muy minuciosamente seleccionadas), e incluso se falsifican citas bibliográficas, quedando bien ocultas en un deficiente aparataje de citas. Así sucede, por ejemplo, con la matanza de Badajoz, que es tratada de soslayo por Pío Moa en su capítulo 17 de Los mitos de la Guerra Civil, ante todo al conjunto de la matanza de Paracuellos del Jarama y Badajoz[3]. Lo mismo sucede con el caso del bombardeo de Guernica, del cual Moa sigue negando que Francisco Franco estuviera al corriente y reduce a mínimos insostenibles el número de víctimas[4]. En cuanto a la masacre de Guernica, aprovechamos para recomendar una charla pronunciada reciéntemente por el historiador y economista Ángel Viñas








En cualquier caso, un especialista en la represión del sur español durante la guerra civil como Francisco Espinosa Maestre respondió y denunció las pretensiones engañosas de esta literatura en su libro El fenómeno revisionista, donde analizaba el proceder falaz de su narración, basada en el superadísimo libro de rdidas de guerra de Ramón Salas Larrazabal (publicadas en 1977). Este libro es difícil de conseguir y su escasa difusión colabora a que los autores revisionistas vean perjudicada una imagen propia que principalmente viene apoyada por los medios digitales que se publican en Internet.

En Los mitos de la guerra civil, Pío Moa situa las cifras de derechistas ejecutados en Badajoz («entre quince y veinte» realizadas por milicianos) por encima de las ya exageradas de la Causa General (once), y omite el contexto básico de esa violencia en la zona republicana: el bombardeo que sufría la ciudad desde hacía una semana[5]. Emplea Moa, nuevamente, la narrativa de falsa equidistancia. Exagera el contingente de milicianos en lucha frente a la columna de Yagüe (que tuvo, según la documentación militar, 44 muertos frente a los 285 que publicaban los historiadores franquistas) con el objetivo de difuminar la matanza de la plaza de toros. En esto llega a ser incluso moderado pues hay otros autores que practican el negacionismo directo sobre la matanza.

Espinosa había mostrado las semejanzas que la narración de Moa tiene aquí con otro libro negacionista fundamental del sacerdote falangista Ángel David Martín Rubio, Paz, piedad, perdón… y verdad (1997), el cual, asegurando apoyarse en el Registro Civil, cuantifica en 1.084 los «desaparecidos» entre 1936 y 1945. Espinosa recuerda en este punto que, sólo estudiando el Registro Civil la cifra que se alcanza es de 1.369 ejecutados, que son además un nimo represivo susceptible de aumentar con el descubrimiento de nuevas evidencias documentales [6].

También denunció la manipulación sistemática que realiza Moa sobre las crónicas periodísticas del portugués Mário Neves sobre la matanza de la plaza de toros, desfavorables a su narración[7]. Como decimos, la fuente clave en este libro era la pretendida autoridad de Martín Rubio que, por otra parte, no aparece citado[8]. Moa recapitula así:
 «se trató de una represión larga y despiadada, pero no mucho mayor que en otros lugares» y «puede afirmarse, pues, la casi segura falsedad de las historias de cientos o miles de prisioneros masacrados en la plaza de toros u otros puntos».

Continuaba Moa conjeturando (en consonancia con las posiciones de Ricardo de La Cierva) que no era «desdeñable» que se tratara de una maniobra para desviar la atención de la matanza de la cárcel Modelo madrileña

 El juego retórico es ya evidente. Su objetivo es conectar las dos matanzas para rebajar el valor propagandístico-ideológico (no lo negamos) que ha tenido la matanza de Badajoz a «un episodio más de la Guerra Civil», al tiempo que justifica la violencia del bando sublevado como respuesta, pues «en inferioridad inicial, creían necesaria una extrema violencia a fin de paralizar al enemigo»[9]. Si recordamos el móvil principal de los negacionistas del holocáusto, que también pretenden atacar (mediante la crítica a las cifras) el valor simbólico, entenderemos el paralelismo que realiza Helen Graham con Pío Moa.

El régimen franquista negó la matanza de Badajoz hasta que no pudo seguir sosteniendo esta posición, siendo la obra del franquista Juan José Calleja (Yagüe, un corazón al rojo, Barcelona, 1963) la primera que reconocía la existencia de la matanza (eso sí, rebajando su importancia). Tras las investigaciones de Southworth y Hugh Thomas en los años 60, se hace insostenible una mentira de tal calibre. Moa ha pretendido ignorar la historiografía (independiéntemente de su signo ideológico y de su diversa calidad sustentada en fuentes) una vez más. Todo en pos de la «verdad histórica», suponemos.

Mención destacada merece el conocimiento de primera mano que posee Francisco Espinosa sobre la represión, especialmente sangrienta en Huelva y Badajoz. Por supuesto, su postura ante la naturaleza de la represión franquista recibe críticas académicas serias desde otros observatorios geográficos (caso de Madrid) como es el caso del historiador Julius Ruiz. Moa, por su parte, se limita a repetir el ya tradicional dispositivo ideológico del primer franquismo, que ya hemos señalado.

Desde luego, al márgen de las críticas ponderadas y basadas en la investigación de calidad, creemos que la rápida y sistemática represión e imposición del terror de los sublevados (en los primeros estadios de la guerra ante todo) quedaba manifestada en sus propios planes y programas anteriores al golpe de Estado, en las instrucciones reservadas de Mola, y se vería confirmada especialmente en Andalucía y Extremadura debido a la obligación de controlar una gruesa población de campesinos simpatizantes y militantes del socialismo o del anarcosindicalismo, enemigos del nuevo Estado que se pretendía construir[10].



Terminamos el próximo día ...



[1] Se ha considerado a la obra coordinada por Santos Juliá, Las víctimas de la guerra civil, como el más intento más importante realizado hasta el momento para actualizar las cifras de la represión. Véase Espinosa Maestre, Francisco: «Agosto de 1936. Terror y propaganda. Los orígenes de la Causa General», Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea, 4, 2005, pp. 15-25, y también los primeros capítulos del libro coordinado por Casanova Ruíz, Julián: Morir, matar, sobrevivir: La violencia en la dictadura de Franco, Barcelona, Booket, 2004.
[2] Espinosa Maestre, Francisco: «Agosto de 1936…, Opus cit., p. 16.
[3] En este sentido, no podemos olvidar una mención a César Vidal y su Paracuellos-Katyn. Sobre el genocidio de la izquierda, Madrid, Libroslibres, 2005.
[4] Moa lo califica, también como «el mito de Guernica». Véase el siguiente artículo publicado en Libertad Digital el 7/06/2007 [disponible online en: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/el-mito-de-guernica-se-resiste-a-morir-2193/]
[5] Espinosa Maestre, Francisco: El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española, Badajoz, Del Oeste, 2005, pp. 16-17.
[6] Tal y como pone de manifiesto, las fuentes en que se apoyaba Ángel David Martín Rubio eran los referentes franquistas Martínez Bande, Manuel Aznar, González Ortín, Ricardo de La Cierva, Joaquín Arrarás y Sálas Larrazabal. Ibíd., pp. 34-35.
[7] En este sentido, a Moa le interesaba rescatar la crónica del 15 de agosto, donde Neves desmentía el rumor de que en la plaza se estuviera fusilando, y así lo hace, pero prescinde de los testimonios que, en otro sentido bien distinto, dio el mismo periodista en la crónica censurada del día siguiente o en sus memorias sobre la matanza publicadas en 1986. El objetivo de Moa, nos indica Espinosa, no era analizar el testimonio de Neves sino desacreditarlo por «izquierdista» y exagerado. Ibíd., p. 22.
[8] El uso habitual de un vocabulario pretendidamente aséptico en el análisis de la represión franquista con términos como fusilamiento, elementos, juicio justo, situación anterior (en referencia al sistema de gobierno legal republicano) y depurar responsabilidades, para soslayar otros como población civil, juicio sumarísimo o asesinatos, es muy clarificador. Para finalizar, en su enumeración de poblaciones extremeñas sometidas a represión franquista, Martín Rubio olvida mencionar algunas como Llerena, Monesterio, Zafra o Torremejía. El motivo: eran las poblaciones donde la Causa General franquista no presenta víctimas derechistas, y perjudica la panorámica que pretende presentarnos. Ibíd., 35-36.
[9] Ibíd., pp. 38-39.
[10] Citemos las cifras totales de la represión para Huelva y Badajoz en 1936, que señaló Espinosa Maestre. Para Huelva, 4.658 víctimas. Para Badajoz, 5.103. Además, asegura Espinosa que el grado de violencia y terror producido por los sublevados aquel verano de 1936 en los territorios triunfantes del golpe, nunca se llegó a acercar al sufrido en los territorios progresivamente conquistados por el ejército franquista. Véase Morir, matar, sobrevivir…, Opus cit., p. 87.

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