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miércoles, 27 de agosto de 2014

El fenómeno revisionista en España en torno a Pío Moa (IV)

Algunas obras críticas publicadas contra el revisionismo historiográfico franquista y neo-franquista.


Comencemos nuestra cuarta entrada recordando la advertencia que realizara Francisco Sánchez Pérez en una obra reciente: los argumentos neofranquistas pueden coincidir con tesis defendidas por la historiografía conservadora, en ocasiones (caso de Stanley Payne), pero no debemos equiparar la naturaleza de un debate historiográfico con la polémica suscitada en torno al revisionismo. No confundamos los dos fenómenos. La polémica historiográfica sigue otras vías[1]


La mayoría de las contestaciones académicas a la obra de Moa provinieron de los siguientes historiadores:  Alberto Reig Tapia, Ángel Viñas, Francisco Espinosa y Enrique Moradiellos. No podemos olvidar la pequeña polémica con Javier Tusell en El País, o los interesantes artículos cruzados con el historiador valenciano Justo Serna (las respuestas de Moa siguen en la bitácora original donde se produjeron, no así las de  Justo, que se conservan en su blog personal, aquí) [2]. Posiblemente, la disputa más clarificadora sobre las diferencias de proceder entre ambos mundos se encuentra en la revista digital El Catoblepas (entre las diversas polémicas, aquí), donde se reúnen numerosos autores (ninguno de ellos investigador o especialista en la Guerra Civil) con Enrique Moradiellos como defensor del rigor metodológico frente al nutrido grupo de ideólogos [3]. Veamos algunas de las cuestiones tratadas en las distintas polémicas.
                 
El general Francisco Franco y el líder de la CEDA, Jose María Gil Robles.


El «fracaso» de la Segunda República como experiencia de convivencia y «antecedente» de la Guerra Civil:

La legitimación del 18 de julio de 1936 siempre fue el máximo objetivo del franquismo. No en vano, cualquier dictadura tiene siempre una desletigimación de origen muy difícil contrarrestar ante un siglo XX cada vez más dominado por las democracias liberales. El «Alzamiento nacional» debía estar justificado. Debían explicar la necesidad del golpe y la ruptura de la continuidad institucional.

Para lograr este objetivo se debía cuestionar toda referencia a la Segunda República como experiencia democrática de orden y progreso. Debe cuestionares la legitimidad de la victoria republicana en las elecciones monárquicas municipales del día 12 de abril del 31, así como las elecciones de febrero del 36[4]. La selección de unas fuentes y la ocultación sistemática de otras hacen posible esta narrativa.



La revolución de octubre del 34: el PSOE y Esquerra Republicana provocan la Guerra Civil:

Mineros asturianos convertidos en revolucionarios.
El primer libro de Pío Moa arrancaba con una «tesis» que no corresponde a su propia cosecha (él mismo lo indica), al provenir de Gerald Brenan y Ángel Palomino[5]. ¿En qué consistía? Sin hacer algún tipo de conceptualización o definición sobre lo que entiende por Guerra Civil, da por hecho que es una guerra civil lo que inicia el PSOE en 1934, al aparecer en los documentos. Al mismo tiempo, se esfuerza en presentar  el comportamiento del líder de la derecha republicana (CEDA) Gil Robles bajo un comportamiento de constantes e incuestionables intenciones estrictamente democráticas[6].

Los orígenes de la Guerra Civil inicia su relato el 1 de octubre de 1934[7], momento en que «la CEDA quería pasar de apoyar desde fuera a los gobiernos de centro, como había hecho hasta entonces, a participar en ellos» (quería acceder al poder, vaya). La izquierda se oponía y este conflicto «iba a desembocar rápidamente en una pugna de efectos decisivos para la historia posterior de España»[8]. ¿Qué efectos eran esos? Los actos revolucionarios de octubre de 1934, que destruían la democracia española. El PSOE se lanzaba hacia una rebelión contra la legalidad con el «apoyo moral» de las izquierdas republicanas (sic) y el «separatismo catalán», con la única intención de conducir a la República a su sovietización.

El capítulo III arrancaba con el inequívoco título de: «…Y EL PSOE DECLARA LA GUERRA CIVIL». Tras una breve contextualización, atacaba enseguida el relato de la revolución asturiana, y la rápida rendición de Companys frente a las tropas del general Batet en Barcelona. El estilo es narrativo. Según Moa, los líderes socialistas «sabían» que la llegada de los cedistas al gobierno no constituía un peligro de deriva fascista y/o corporativa de ningún signo. Largo Caballero e Indalecio Prieto estaban -según él- mintiendo y maquinando una toma del Estado para implantar un régimen soviético totalitario.

Gil Robles mantenía una actitud impecable en la gestión del momento revolucionario, no rebelándose contra el sistema republicano cuando podría haberlo hecho en aquel momento[9]. Moa aprovechó este episodio para defender a Francisco Franco ante cualquier responsabilidad en la brutal represión asturiana que seguirá, aludiendo su lejanía física del terreno (¡!). 

Moa conduce la narración sobre las disputas internas del PSOE al límite del maniqueísmo, ocultando sistemáticamente testimonios que introducirían una gradación en las diversas posturas (por ejemplo, Fernando de los Ríos) y sobredimensionando otros como Largo Caballero y Araquistáin, para presentar una imagen extrema de un PSOE «bolchevizado». ¿El objetivo? Dotar al lector de una imagen unidireccional: todas las «izquierdas» presentaban una opción revolucionaria de tipo «totalitario».

Profesor Julio Aróstegui, fallecido en 2013.
Desarrolló así una concepción de la «revolución» más asociada a interpretación en el contexto de la Guerra Fría que a la compleja y múltiple polisemia del periodo de entreguerras: como apuntó Aróstegui en su capítulo póstumo publicado en Los mitos del 18 de julio (2013). Dentro de esa práctica y retórica, los poyectos «revolucionarios» de entreguerras se podían asociar sin problema a proyectos «democráticos» de la tradición liberal y también socialistas. Frente a esto, Moa siempre realiza una lectura plana de las fuentes: prensa, memorias y debates parlamentarios, pero sobretodo obras secundarias. La oscura sombra de Stalin se proyecta a lo largo de todas sus páginas dedicadas a la retórica de izquierdas.

A lo largo del libro también deja entrever una «probable» responsabilidad de Manuel Azaña en el levantamiento armado de octubre, sin presentar pruebas, claro. Pero es de público conocimiento que se encontraba pasando unos días en Barcelona, lugar donde sería arrestado y rápidamente liberado ante la falta de evidencia para sustentar contra él cargo alguno.

Frente a la imagen «totalitaria» que todo el espectro político de izquierdas desprende en la obra de Moa, olvida mencionar testimonios relevantes en el ámbito de las derechas, como la notoria admiración que el ministro de la guerra de Lerroux (Diego Hidalgo) sentía hacia el régimen estalinista[10]. Moa también concede notoriedad al gabinete de Alejandro Lerroux y su partido Radical (en concordancia aquí con Stanley Payne), convirtiéndolo en el moderador de todo el sistema político. El Partido Radical, único partido con una fuerte consolidación territorial en el ámbito republicano (esto es algo reconocido por todo historiador) se ve sometido a una «demolición controlada» tras la crisis del 34. Este sería el punto y final para la «moderación» del sistema y, nuevamente, debido a la irresponsabilidad del «sectarismo» político de los izquierdistas[11]. La CEDA, en la narrativa de Moa, se mantuvo siempre libre de sospechas, en consonancia con el comportamiento de un partido demócrata-cristiano homologado de periodos posteriores. De nuevo, la sombra de la guerra fría y las interpretaciones presentistas recorren la obra de nuestro revisionista.

Alejandro Lerroux, veterano fundador del republicano Partido Radical.


Seguiremos …


[1] Apuntaba, por ejemplo, que la tesis de una conspiración comunista solapada en julio de 1936 para hacerse con el poder  no fue una idea exclusiva de historiadores franquistas o neofranquistas sino que también conservadores extranjeros sensibles al anticomunismo como Bolloten y Payne las defendieron. Además, se apoyaron en la imagen antiestalinista dada por los autores trotskistas y los románticos como Orwell, Broué, Beevor y así hasta el film de Ken Loach Tierra y libertad. Además, apunta que hoy ya sabemos que los comunistas no querían la revolución social a la altura de 1936 ni en clave sindical ni en clave soviética por cuestiones tácticas ya muy trabajadas. En Sánchez Pérez, Francisco: «¿Una guerra realmente inevitable?», en Viñas, Ángel: Los mitos del 18 de julio, Barcelona, Crítica, 2013, pp. 38-39.
[2] La compilación de la polémica original, publicada en Periodista Digital, entre Moa y Serna, se conserva publicada en la web del segunro: http://justoserna.com/2009/11/25/pio-moa/
[3] Javier Tusell publicó una columna periodística tras la aparición del publicista en TVE1, titulada «El revisionismo histórico español». El País, 08/07/2004, pp. 13-14. Aparte de los ya citados libros de Alberto Reig Tapia, añadimos Revisionismo y política. Pío Moa revisitado, Foca, 2008. Por otra parte, Enrique Moradiellos le dedicó una reseña muy crítica, que daría inicio a la polémica en El Catoblepas, y se titulaba «Amarguras y maniqueísmos», Revista de libros, 61, 2002, pp. 14-15. Moradiellos escribiría también una contribución contra el maniqueísmo de las «dos Españas» en 1936: los mitos de la Guerra Civil, Barcelona, Península, 2004. Más recientemente, también se ha publicado la obra coordinada por Ángel Viñas: Los mitos del 18 de julio, Barcelona, Crítica, 2013.
[4] Javier Tusell publicó un estudio completo sobre las elecciones en 1971, certificando la victoria del Frente Popular. El estudio es conocido por Pío Moa pero este insiste en deslegitimar esa victoria. Asegura que «todavía hoy los datos electorales son sólo estimaciones, las cuales durante muchos años llegaban a diferir en más de un millón de votos, según autores». Añadiendo, de paso, que la anormalidad de estas elecciones «recuerda curiosamente a la de las elecciones municipales de 1931, que los republicanos utilizaron como trampolín para obtener el poder, sin que sus resultados se publicasen oficialmente en tiempo válido». Ver «Unas elecciones anómalas», Libertad Digital, 15/06/2006 [disponible en http://www.libertaddigital.com/opinion/libros/unas-elecciones-anomalas-1276231914.html].
[5] Véase Palomino, Ángel: 1934. La Guerra Civil empezó en Asturias, Barcelona, Planeta, 1998. Citado en Moa, Pío: Los orígenes…, Opus cit., p. 9.
[6] Toda referencia a cualquiera de las muchas aportaciones bibliográficas sobre la afinidad política entre Gil Robles y la CEDA con la figura de Dollfuss queda sistemáticamente silenciadas. Véase el análisis de las omisiones sistemáticas que hace Rilova Jericó, Carlos: «¿Qué te parece Pío Moa? Dos notas sobre el revisionismo y la guerra civil española», HISPANIA NOVA. Revista de Historia Contemporánea, 7, 2007 [disponible en http://hispanianova.rediris.es].
[7] Resaltemos que esta es la simbólica fecha elegida por Franco como límite hasta el cual retrotraer la acción de la nueva ley represiva promulgada el 13 de febrero de 1939: la Ley de Responsabilidades políticas. Podemos comprobar, pues, que la pretendida «novedad» de la teoría de Pío Moa sobre el inicio de la guerra en octubre del 34 y su continuación desde el 18 de julio del 36 está implícita en el núcleo mismo de la ideología franquista. 
[8] Moa Rodríguez, Pío: Los orígenes…, Opus cit., p. 40.
[9] Uno de los testimonios más sobreabundantemente citados por Moa es el que Gil Robles publicara en 1968: No fue posible la paz.
[10] Hidalgo, Diego: Un notario español en Rusia, Madrid, Alianza, 1985.
[11] Moa defiende que el caso del Estraperlo fue un caso menor de corrupción, una baza política utilizada de forma insidiosa por Niceto Alcalá Zamora y el propio Manuel Azaña para quitarse de encima al «viejo Lerroux». Subrayaría especialmente el retrato psicologicista y personalista en el espíritu arribista, mezquino, oportunista y veleidoso de estos políticos.

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