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lunes, 25 de agosto de 2014

El fenómeno revisionista en España: en torno a Pío Moa (III)

De donde veníamos (algunos autores franquistas). Abajo a la derecha Joaquín Arrarás.



Los antecesores de Pío Moa y su éxito.

Al poco de alcanzar el éxito mediático allá por 2002 y 2003, el politólogo Reig Tapia escribió sobre las raíces franquistas del revisionismo hispánico de Pío Moa como una tardía síntesis reciclada de las tesis franquistas de los años más inflexibles (ideología de cruzada de los años 40 y 50). Según este, recuperaba los falseamientos realizados por la historiografía del primer franquismo [1].




Joaquín Arrarás, por ejemplo, era uno de los autores más importantes. Había defendido que la Segunda República era esclava de la masonería y de los revolucionarios: la sublevación (la «cruzada», por descontado) era la única tabla de salvación para la patria. Otro autor de la «patrística franquista» era Manuel Aznar, autor de una obra militar sobre la Guerra Civil de los años 50[2], popularizador del mito de la liberación del Alcazar y de la «cruzada»[3]. Ambos autores constituían la primera aportación bibliográfica, realizada desde el periodismo. Pronto vinieron los libros de militares y policías, incluyendo entre los autores al propio Estado Mayor Central del Ejército que en 1945 publicaría una monografía sobre la guerra[4].

Eduardo Comín Colomer sería una figura clave de las tesis franquistas (las únicas que pudieron publicarse y defender en los años de la dictadura). Como comisario de la Escuela Superior de Policía, publicaría varios libros dedicados a los partidos y movimientos de las izquierdas españolas: el anarquismo, la masonería y el comunismo, caracterizados como los males de España[5]. Con acceso privilegiado a documentación archivística, quiso señalar la tesis fundamental de que la conspiración contra España, forjada entre 1931 y 1936, tenía un origen aún más antiguo: la Institución Libre de Enseñanza, que era el gran enemigo cultural del franquismo en tanto que opositora a la hegemonía del catolicismo en la sociedad. No en vano, el actual historiador Enrique Moradiellos afirmó (parafraseando a Salvador de Madariaga) que la guerra civil había sido la guerra de «los tres Franciscos». La herencia de Francisco Giner de los Ríos y su movimiento de renovación cultural fue el máximo enemigo ideológico del régimen franquista desde el primer instante.

Cardenal Isidro Gomá (1869 - 1940)
Siguiendo la senda conspirativa, Eduardo Comín Colomer apuntó a la III Internacional y a las sociedades secretas internacionales como máximas responsables de la decadencia nacional y la Guerra Civil. Ofreció, por tanto, nueva y variada munición conspiracionista para la justificación ideológica del «Alzamiento» de los generales, al entenderlo como una «justa e inevitable rebeldía», como respuesta al caos y anarquía de las izquierdas.

Se insistía en aquella idea justificativa que desde el primer momento enarbolaron los rebeldes contra la II República y al que rápidamente se incorporó el armazón ideológico de la mayor parte de la Iglesia española. Desde el primer informe reservado (13 de agosto de 1936) del cardenal primado Isidro Gomá se legitimaría el golpe de Estado como respuesta a un escenario apocalíptico: 
   
   «En conjunto puede decirse que el movimiento (insurreccional) es una fuerte protesta de la conciencia nacional y del sentimiento patrio contra la legislación y procedimientos del Gobierno de este último quinquenio, que paso a paso llevaron a España al borde del abismo marxista y comunista»[6].

Finalmente, como último eslabón historiográfico del franquismo, llegaría Ricardo de La Cierva, que supuso cierto alejamiento de las tesis de «cruzada», unas tesis donde siempre se negaba el crédito y valoración positiva alguna a la derecha indecisa y posibilista republicana. Ricardo de La Cierva se mantuvo fiel a la labor negacionista, ejerciendo una «administración férrea» sobre lo que se podía o no escribir sobre Historia. 

Ricardo de La Cierva (www.libertaddigital.com)
Durante la transición, La Cierva defendió que Franco había posibilitado la democracia en España. También justificó el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 basándose en el peligro de la «marea roja» en la primavera del 36 (un remozado del tradicional «terror rojo» de los anteriores). Durante la Transición (1975-1982) La Cierva defendió que la Guerra Civil había sido un «plebiscito armado» (una idea original del cardenal Gomá, que se ligaba a la de «cruzada»). Pío Moa se declaró -desde el principio- discípulo de La Cierva pese a que la metodología del maestro sufrió un serio reves durante una polémica en los años 60 con Herbert Southworth[7].

Enrique Moradiellos ha mostrado cómo este conjunto de tópicos y teleologías se halla recopilado en una fuente básica y fácil de contrastar: los mensajes de fin de año de Francisco Franco. En ellos, el dictador aseguraba que, durante la Segunda República «España se moría desintegrada por luchas intestinas». Y, durante la guerra, el bando «rojo» había desatado una «revolución» donde no faltaron las «checas de tipo ruso, tribunales populares y en el ejército»[8], y remarcaba el mito por excelencia del «oro de la nación»,robado por Stalin, una muestra de la «sumisión a Moscú», del bando republicano.

Así, el primer momento estelar de Pío Moa iba a ser su aparición en prime time en la televisión pública, en el programa El Tercer Grado de TVE1, entrevistado por el periodista Carlos Dávila, el 19 de febrero de 2003. Llevaba tiempo escribiendo para medios conservadores como ABC y Libertad Digital, a lo que ahora se añadía algo más importante: el presidente Aznar señalaba en televisión, entrevistado por Sánchez Dragó, que Los mitos de la guerra civil iba a ser su lectura del verano de 2003 (nos encontrábamos en el apogeo de la segunda legislatura del Partido Popular)[9]. El autor contaría con un apoyo editorial y mediático sobresaliente. Imposible para la mayor parte de investigadores españoles y extranjeros.

Sus autores actuales más destacados del revisionismo son Federico Jiménez Losantos, José Javier Esparza, José María Zavala, César Alcalá, Pío Moa, César Vidal, Ángel David Martín Rubio y Luís Eugenio Togores[11]. El contexto en que el revisionismo se convierte en éxito de ventas es el de una sociedad que se halla inmersa en un profundo cambio social fruto de la llegada a la adultez de una generación, «los nietos de la guerra», que no tenían memoria de su pasado. En la obra revisionista predominará el afán tergiversador de las fuentes y un grueso manto ideológico presentista[10].

 La «conciencia histórica» del revisionismo sobre la guerra se conforma en el ambiente de libertad ideológica y de expresión que siguió al final de la Transición (1982). Esta generación tiende a la construcción de nuevas «conciencias históricas» (en palabras de Moradiellos) o «memorias históricas» (en palabras de otros historiadores) de tipo pluralista que pondrían en tela de juicio el supuesto «pacto de silencio».

Un «nuevo tiempo de contar» y también un nuevo tiempo de «recuerdo y memoria», con un afán de restitución para las víctimas republicanas, olvidadas durante cuarenta años de hegemonía conmemorativa de los «rtires de la cruzada»[12].

Es en esa generación de los «nietos de la guerra» donde alguno de sus miembros crean una narrativa diferente pero tradicional al mismo tiempo. Con la efusión del neófito, los dueños de la opinión publicada van conformando una serie de narrativas caracterizadas por el extremo dualismo maniqueo que rehuye las «zonas grises» y carece de servidumbres personales al franquismo. Y esto último es fundamental: la carencia de dichas servidumbres les permite presentar sus tesis bajo la argumentativa retórica del fundamentalismo democrático, mediante el cual pueden justificar mejor las atrcidades del franquismo como acción defensiva frente al totalitarismo comunista. La biografía de Pío Moa es notoria en este sentido pues ha exhibido constántemente su pertenencia a la banda terrorista maoísta GRAPO como bandera de redención y experiencia personal. Así ha presumido de su pasado izquierdista como experiencia que -según afirma- le ha  permitido comprender muchas cosas[13].

Pío Moa en 2007 (www.libertaddigital.com)

                                                   
Los avalistas académicos de Pío Moa.

Los libros de Moa no han recibido una atención académica relevante[14]. Su obra es vilipendiada hoy (en su totalidad o en parte) por especialistas nada sospechosos de izquierdismo e incluso por sus antiguos compañeros mediáticos (César Vidal).

Podemos mencionar algunas excepciones notables. José Manuel Cuenca Toribio justificó su obra como una necesaria compensación frente al «unilateralismo de la producción historiográfica dominante»[15]. Este aseguraba en Ocho claves de la historia de España (2003) que «los gansos del Capitolio se durmieron» (en referencia a los historiadores profesionales), y por ello es necesaria la labor de Moa para contrapesar una difundida «leyenda rosa» de la Segunda República. Esta argumentación, que otorga un valor ad hominem a la obra de Moa pese a reconocer sus graves deficiencias metodológicas, sobre el argumento de que sirve como «revulsivo», está muy extendida.

El apoyo más importante y sorprendente provino del hispanista norteamericano Stanley Payne, que defendió la obra de Moa en varias reseñas, prologando también el libro 1934: Comienza la Guerra civil. También lo citó en su reciente síntesis sobre la caída de la república[16]. Este apoyo no fue puntual y se prolongó en entrevistas conjuntas y otros artículos de prensa, coadyuvando a la consolidación de la imagen pública de respetabilidad académica de Pío Moa. 
Stanley Payne en 2008 (blogs.periodistadigital.com)

En su reseña indicaba: 

«en una serie de cinco estudios (…), ha presentado una serie de novedosas interpretaciones basadas en las últimas investigaciones y en una cuidadosa lectura de las principales fuentes, que plantan cara a las nociones políticamente correctas y ofrecen un estimulante contraste a las ideas preconcebidas que abundan en los medios de comunicación y en las universidades».

Añadía: 

«El trabajo de Moa goza de una prosa excelente, gráfica, en ocasiones dotada de expresiones elocuentes, y sus conclusiones, que se sostienen por su propio peso, no están libres de polémica»[17].

Y además: 

«Moa ha utilizado todas las obras de referencia y ha consultado un buen número de archivos importantes».

Cerraba el artículo:

 «La revolución de 1934 abrió un abismo de polarización que nunca se llegó a superar y que finalmente desencadenó la Guerra Civil»[18].

Comprobaremos más adelante hasta qué punto resulta sorprendente el juicio del veterano especialista.

Dejando a un lado a los historiadores, escasos, que han valorado positivamente los libros de Moa, mayor ha sido el apoyo público de varios politólogos que intentaron dignificar la trilogía republicana de Moa (publicada entre 1999 y 2001). Es el caso de Manuel Álvarez Tardío  y Luís Arranz, que ligó a Moa al revisionismo científico europeo de François Furet o Ernst Nolte, aún admitiendo que, comparado con estos últimos casos, constituía un producto «a la baja». Pero legitimaba las tesis continuistas entre octubre de 1934 y el 18 de julio de 1936  (aquellas por las cuales la guerra civil había empezado con la revolución de Asturias). Arranz caerá en un topos del pseudo-revisionismo: homologar la mayor parte de la historiografía académica española con la etiqueta de «progresista». O dicho de otro modo: presentarla como una tradición anquilosada y estancada en viejas rémoras marxistas y materialistas.

Arranz defendió que una conspiración se cernía sobre Moa. Un «cerco de silencio» que la citada historiografía «ortodoxa» imponía sobre sus libros. Arranz consideraba que este se atenía a las «pautas y valores propios de la lógica específica de la situación» (al analizar las voluntades políticas de octubre de 1934). El autor intentaba homologarlo con posiciones historiográficas conservadoras[19]. De este modo, los apoyos que Moa ha recibido se han sustentado siempre en una dura, estereotipada, generalista e injusta visión del conjunto historiográfico hispánico.


Seguiremos ...


[1] Ibíd., p. 70 y ss.
[2] Historia militar de la guerra de España (1936-1939) y El Alcázar no se rinde.
[3] Publica entre 1939 y 1943 una Historia de la Cruzada española, en ocho tomos, dirigida por él mismo. Moradiellos García, Enrique: «Revisión histórica crítica y revisionismo político presentista: el caso español», Temas para el debate (Ejemplar dedicado a: Manipulaciones de la historia), 147, 2007, pp. 25-26.
[4] Reig Tapia, Alberto: Anti-Moa, Opus cit., pp. 73-74.
[5] Los títulos más emblemáticos, indica Reig Tapia, de Eduardo Comín Colomer son Lo que España debe a la Masonería, Historia secreta de la Segunda República, El anarquismo contra España e Historia del Partido Comunista de España, escritos entre 1952 y 1967.
[6] Véase Moradiellos García, Enrique: 1936: los mitos de la Guerra Civil, Barcelona, Península, 2004, p. 21.
[7] Pese a lo cual, Ricardo de La Cierva ha seguido insistiendo en su visión preconcebida hasta fechas muy recientes, ahora bajo el amparo de la Fundación Francisco Franco, como muestra el ilustrativo título de su libro: El 18 de julio no fue un golpe militar fascista. No existía la legalidad republicana. Deformación y violación sistemática de la memoria histórica de los españoles. Todas las pruebas, Getafe, Fénix, 2000. Citado por Reig Tapia, Alberto: Anti-Moa, Opus cit., p. 87 y ss.
[8] Estos hechos, en efecto, se produjeron, aunque la ideología franquista acostumbró a cargar con la responsabilidad de estos actos a la totalidad del bando republicano, haciendo lucrativo uso de estos hechos para ganar legitimidad. 
[9] Debemos señalar, por el contrario, que los académicos que han publicado y opinado sobre el revisionismo no están del todo de acuerdo a la hora de situar el momento en que comenzaría la «campaña masiva» de uso político-público de esta visión maniquea de la memoria por parte de los políticos. Stanley Payne señalaría en su reseña a 1934: comienza la guerra civil, que el origen estaba en el uso que un PSOE fuertemente presionado por el auge de Aznar en las elecciones de 1993 se vio obligado a hacer uso de argumentos continuistas entre el franquismo y el Partido Popular. La mayor parte de autores, sin embargo, indican que sería el Partido Popular el que iniciaría la campaña de «revisión» pública del pasado, a decir de Moradiellos, Espinosa y Reig Tapia, al caer en la cuenta de que una importantísima movilización cívica en pos de la recuperación de la memoria republicana se había puesto en marcha en forma de diversas asociaciones, al principio en el norte de España. Moradiellos concuerda con Payne en la importancia de la crispación política de los debates de 1993, pero discrepa al cargar la responsabilidad única sobre el PSOE. Moradiellos García, Enrique: «Revisión histórica…», Opus cit., pp. 26-28.
[10] El revisionismo, afirma Moradiellos, sería una «reactualización publicística de la ortodoxia filofranquista», un «»fenómeno político de implantación socio-cultural que tiene la vista puesta en el presente actual y el futuro inmediato de la democracia española. En Ibíd., pp. 23-28.
[11] Calificados todos ellos como revisionistas con cierta injusticia, tal y como apuntábamos, y apunta Moradiellos, siguiendo el estudio de Enzo Traverso en Ibíd., pp. 25-26.
[12] En este sentido, debemos insistir, de nuevo, en la ausencia de una política de memoria en el periodo hegemónico de PSOE con Felipe González como presidente, el cual se negó a celebrar conmemoración alguna del cincuenta aniversario republicano (1981-1986). Asimismo, veremos cómo será la Iglesia española con el fundamental apoyo del papa Juan Pablo II quien mantenga la continuidad en la conmemoración y homenaje a «sus» víctimas, en una catarata de canonizaciones iniciada en marzo de 1987 y continuada hasta el presente más inmediato.
[13] Ibíd., pp. 27-28.
[14] Empezando por el artículo de Javier Tusell «El revisionismo histórico español», El País, 8 de julio 2004. También el artículo de Alberto Reig Tapia, «Quosque tandem Pío Moa?», El Ruedo Ibérico, 29 de julio de 2003. Debemos hacer también una acotación importante sobre la cuestión profesional y/o gremial: se ha argumentado, desde los sectores revisionistas que la negación del estatuto científico a Pío Moa era una muestra del sectarismo de los críticos. Como botón de muestra que anula esta visión victimista tenemos a uno de los investigadores que más importantes aportaciones ha hecho sobre la guerra civil española, Ángel Viñas, que tampoco es historiador de título (es doctor en Economía), aunque nadie duda de la solidez empírica y conceptual de su trabajo.
[15] Citado por Reig Tapia, Alberto: Anti-Moa, Opus cit., p. 346.
[16] Nos referimos a El colapso de la República. Los orígenes de la Guerra Civil (1933-1936), Madrid, Esfera de los Libros, 2006, p. 148. Payne indica, en referencia a la revolución de octubre: «La insurrección de la Alianza Obrera comenzó la noche del 4 de octubre. Durante meses se había puesto en marcha una extensa planificación junto con un masivo almacenamiento de pistolas y rifles, hasta el punto de que Moa la ha denominado, y es probable que esté en lo cierto, la mejor armada de todas las insurrecciones izquierdistas de la Europa de entreguerras». La obra de Payne, de síntesis y alta divulgación, insiste en la visión catastrofista del bienio radical-cedista, y pone también su centro de atención en el clima político y social vivido en la primavera del Frente Popular, sustentando así la narrativa teleológica del conflicto armado que sobrevendrá tras el fracaso del golpe de Estado, en base al sectarismo de los políticos republicanos y socialistas así como de la violencia política y el anticlericalismo. La visión de conjunto intenta reforzar la narrativa política ya conocida por su síntesis de 1995, insistiendo ahora más en el papel que jugó octubre de 1934 en el proceso desestabilizador de las reglas de juego y la legalidad democrática.
[17] Payne, Stanley: «1934: comienza la guerra civil. En torno al libro de Pío Moa», Cuadernos de pensamiento político FAES, 5, 2005, p. 188.
[18] Ibíd, pp. 190-91.
[19] Los ya citados Robinson y Payne. En Arranz, Luís: «Democracia y Segunda República, según Pío Moa», Nueva Revista de Política, cultura y arte, Madrid, 98, 2005, pp. 45-60.

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